Llama la atención la expresión y urgencia de David
al comenzar este salmo:“A Ti clamo, Señor: ¡ven pronto!…”
David se debería ver acorralado y a punto de ser
atrapado por la seducción del mal. Se tendría que estar viendo en una situación
desesperada al ver el poder y la potencia de sus enemigos (su lengua, su
pensamiento, sus acciones, el compartir parte con los malhechores).
La seducción hace que la maldad se perciba como
agradable, atractiva, dulce, deseable, etc. En ocasiones, incluso los caminos
de maldad pueden ser agradables durante algún tiempo (Hebreos cap.11:vers.25)
pero la realidad es que el final es amargo y desastroso.
Hoy en día estos mismos enemigos acechan y hacen
sus estragos en las personas. En nuestra sociedad hay muchas influencias de
maldad que nos influencian con sutiles seducciones a caminar con la maldad.
Por eso, este salmo de David nos ofrece un recurso
ante tan trágica y urgente situación: la oración.
David sabía que el poder de la oración era su única
esperanza en tal batalla. Esto ha sido siendo así y cierto a lo largo de la
historia para todos los hijos de Dios. La persona, por ella misma, no puede
hacer frente a la astucia y el poder de Satanás, y sólo invocando a Dios se
puede hacer frente y salir victorioso. David sabía que la oración suplicante,
sincera y llenas de verdad y buenos deseos e intenciones, subía a la presencia
de Dios, tal cual se eleva el incienso de grato olor. Y de esta forma Dios se
complace.
David sabía, que sus palabras, por la forma y el
contenido, reflejarían lo que había en su corazón, y por eso pide a Dios que
“vigilara su boca y guardara la puerta de sus labios”. El mismo Jesús nos
enseñó que la boca habla de la abundancia del corazón (Lucas cap 6:vers 45).
Esto tiene una importancia muy grande en nuestra
vida espiritual, porque ella depende de la presencia y llenura del Espíritu
Santo, quien reside en nuestro corazón y en nuestra mente. Y por consiguiente,
lo que habla nuestra boca puede tomarse como índice de nuestro estado
espiritual.
David nos enseña en quién tenemos que centrar
nuestra vida para resistir y poder escapar de la maldad: en Dios.
Dios es nuestra única defensa ante estas
situaciones seductoras de la maldad. Si nuestra atención y nuestra vida la
desplazamos hacia otros objetivos nos quedaremos indefensos y vulnerables a los
ataques de la maldad y sus seducciones. Comenzaremos a no darle tanta
importancia a los consejos de Dios, a su voluntad. A parecernos no tan mal, en
ocasiones normal, e incluso legal y lícito, todas las seducciones del mal y con
ello estaremos poniendo en riesgo nuestra integridad y nuestra vida como cristianos.
Seguro que en nuestra vida, nunca tendremos
conocimiento exacto de cuantas veces Dios ha sido nuestro Refugio y Libertador
y nos ha protegido de las trampas de Satanás.
En el salmo 143, David continúa expresando su miedo
a la situación de maldad que le rodea. David continúa apelando a Dios. Rogando
por su protección. Pidiendo ayuda para que su confianza no decaiga y que el
rostro de Dios no se apartara de él.
David nos da un ejemplo de cómo el creyente tiene
que apelar siempre a Dios, buscando su proximidad y esa relación estrecha en la
que solo en esa condiciones se puede alcanzar y mantener la seguridad en Dios
ante las adversidades y azotes del mal. Hay que persistir en la presencia de
Dios, en hacer su voluntad, en la suplica a recibir su bendición.
Hay un cántico de alabanza a Dios; que todos
deberíamos hacerlo nuestro como una realidad en nuestra avida. Dice así:
Crea mí, Señor y dueño
Un espíritu de rectitud
Dame un corazón; que hable de tu amor
Hazme escuchar; el gozo de tu perdón
¡vuelve con poder, limpia mi maldad!
¡dame un corazón, agradable a Ti!




